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4-03-2015
Moratalaz, dice adios a Jose Albero Casas Baizan, (TOTI)
“Con un lleno pocas veces visto anteriormente, el barrio despide a su gran amigo, músico y vecino, con un emotivo homenaje.”
Podría recordar a Alberto, (cuñado, amigo, colega, confidente, compañero en quiméricas rebeldías sociales) de mil y una forma y maneras distintas: como eterno joven vinculado a una guitarra y a un cigarro liado a media noche de nicotina y rock, como una sonrisa siempre justa, vestida de sus dosis exactas de sarcasmo e ironía retando descaradamente a esa realidad oscura que nos invade, o quizá como un infinito teclado de piano lleno de experiencias y emociones, de colores y conocimientos, de sensatez y cordura y de silencios profundos y escalas de jazz interminables. Podría hablar de Toti escuchando el punteo de una "Gibson" temperada y sobrarían las palabras. Sería el aire, sostenido por el roce de una baqueta sobre el charles, que dibujando un ritmo de ojos cerrados y abierta entelequia susurrara: así era Alberto, "música".

Pero también podría recordar un inolvidable 10 de enero, un fantástico local de Moratalaz, donde las guitarras, bajos, los micros y teclados, la batería, amplis y bafles, los atriles y cables aún son importantes y palpables, formando parte estrecha de la noche; y donde un grupo de músicos, un ejército de abre- corazones, unos amigos apasionados del rock y de la vida, compañeros intemporales de escenario y carretera, soñadores de escaleras en el cielo y cielos escalados, cantaron y tocaron como si fuese su primera vez, su alucinante debut, su espectacular iniciación en memoria de Toti.

Allí, nos reunimos todos: familiares, amigos, conocidos y desconocidos, compañeros y anónimos pasajeros de la madrugada, todos, para homenajear, recordar, despedir, descubrir, encontrar, o conocer a Toti.
Desde la eclosión de la primera nota rasgada de guitarra, cruzando por las voces hermanadas de los vocalistas, de otro tiempo y de éste, hasta el último suspiro del acervo emocionado en el bis a bis con la memoria, confluyeron indefinidas sensaciones (que no sé cómo) fueron desnudándose... ... de todo convencionalismo para mostrarse puras y a flor de piel. La melancolía se fundió con la felicidad, dando origen a lágrimas insólitas teñidas de ritmo y anhelo. El recuerdo se vinculó de forma misteriosa con un presente que la gente rubricaba con sus emocionados rostros. Los problemas, la rutina, incluso los convencionalismos y sus consecuencias, se trocaron en sombras más que nunca de su propia realidad.

La música a veces tiene ese misterioso poder de despojar el sentimiento, hacerlo diáfano y sencillo, unificarlo y comprimirlo en uno sólo y hacerlo estallar.

Esa noche, Alberto-Toti, empuñó con más fuerza que nunca su guitarra, una vez más junto a sus maravillosos compañeros, y puntual (esta vez sí) con la memoria, nos hizo, nos hicieron disfrutar de lo que en el fondo, muy dentro son y serán siempre: músicos, música, rock y vida.

A mi cuñado Toti y a los rockeros de su viaje.

Antonio García
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