Martes, 29 de Septiembre de 2020 | 6873161 páginas vistas
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10-08-2020
La Huerta de la Cuña Verde

Hace justo un año que echábamos en falta en estas páginas la finalización del huerto urbano de la Cuña Verde. Y hubo que esperarse a finales de septiembre para que se empezara a tocar tierra y tratarse el terreno. Desde entonces y hasta marzo, cuando empezó la cuarentena, los voluntarios estuvieron día a día dándole vida al huerto y a la parcela. 


Se plantaron lechugas, ajos, ajetes, alubias, judías, fresas, kale, acelgas, plantas aromáticas y árboles frutales entre otras. Y llenaron la estancia de bancos y sillas de madera, un hotel de insectos, zonas de compostaje, mesas y un reloj solar, todo hecho por ellos con material reciclado.

Con el paso de las semanas el huerto urbano fue ganando en color y alegría conforme iban añadiendo cosas nuevas. Una auténtica experiencia de contacto con la naturaleza pese a estar en plena ciudad, permitiéndote abstraerte por unos instantes y simplemente sentir la tierra con las manos, oler las distintas plantas y observar su proceso de crecimiento.

Y de repente nos encontramos con un confinamiento, y los voluntarios, como todos los demás, tuvieron que quedarse en casa. Claro que la naturaleza sigue su curso, y esto es lo que pasó en palabras de sus horticultores… “Los meses de confinamiento han tenido un efecto inesperado sobre el huerto: todo ha crecido demasiado. Aunque pudimos hacer un par de cosechas solidarias, cuando por fin entramos de nuevo a trabajar, de dos en dos y con todas las precauciones, nos encontramos con que lechugas, acelgas, escarolas, nabos, kales, brócolis y coliflores se habían espigado, habían crecido en exceso y ya no servían para el consumo.

Es también una buena lección para los que nunca habíamos visto estos productos fuera de las estanterías del supermercado: las lechugas florecen, las escarolas también, y lo hacen a lo grande, con plantas que fácilmente alcanzan más de 1,5 metros de altura y flores azules.

Flores y frutos que no habíamos visto nunca, como las vainas de las crucíferas. Ver una coliflor o un brócoli fructificados es un espectáculo curioso: parece que han enloquecido, que se han convertido en una versión delirante de lo que habitualmente ponemos en nuestros platos.

En estas circunstancias, además de limpiar, quitar lo que se había echado a perder y poner en orden lo que podía salvarse, hemos tenido la oportunidad de recoger muchas semillas, que es una de las tareas importantes a la hora de tener un huerto ecológico: la producción de semillas.

La labor de secado de las vainas, obtención de las semillas y almacenamiento lleva algo de tiempo, claro, pero es una tarea relajante que, si la compartes con otros miembros del grupo, da pie a conversaciones animadas que ayudan a conocerse mejor, otra de las finalidades de un huerto formativo-comunitario: crear relaciones sociales dentro del barrio.

Todavía nos quedan semillas por recoger, pero ya tenemos claro que para el próximo otoño podremos plantar nuestras propias semillas de kale, brócoli, nabo, habas, guisantes, rúcula y, posiblemente, lechugas y escarolas y muchas más cosas.”

¿A que te han entrado ganas de saber más? Pues puedes seguir viendo como avanza el huerto de la Cuña Verde en su blog “huertocunaverde.blogspot.com” o mejor aún, acudiendo a él. Quién sabe si la naturaleza termina atrapándote…
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